Íntimo y personal.
Las manos masculinas se aferran a su cintura, y de repente, ella jadea, sintiendo el calor por todo su cuerpo y la dureza por debajo del pantalón de vestir.
—Raúl… —lo llama por primera vez.
El hombre aprieta sus caderas, tenso.
Dijo que la respetaría. Que haría las cosas bien. Entonces mira esos ojos tan llenos de fuego. Y se pregunta qué debe hacer.
Su manzana de Adán sube y baja mientras sus ojos se desvían hacia el pecho agitado.
—Beatrice… —articula, ronco.
La espina dorsal femenina se eriza. Sabe lo que él está pensando, que deben detenerse. Pero por todos los cielos, necesita tanto seguir así con él, que todos sus límites se derrumban a la vez que su cuerpo exige y suplica. Entonces le aprieta la nuca entre los dedos y lo lleva a su boca.
Raúl se desborona, incapaz de hacerla retroceder. Este beso aumenta en calor, lentamente pero con fuerza. Hay pequeños gemidos y suspiros. Él besa su cuello. Sus lenguas se exploran, y por necesidad, la mujer comienza a moverse, sin poder pens