La tarde del domingo en el refugio llega con un aire de alivio para Beatrice. Haber hablado hace unas horas con Raúl fue bueno. Cree en él, y sabe que no tiene nada que temer.
Mientras organiza las cosas en la oficina para el encargado diario, la puerta se abre. Raúl se deja ver, con una camisa de algodón que le queda pequeña, lo cual la hace reír.
—¿Qué le pasó…?
Raúl rueda los ojos. Estaba distraído, pensando en ella; en las ganas que tiene de besarla, de poseerla, de verla a los ojos por todo el tiempo que quiera sin sentirse culpable… Cuando de repente, chocó con un adolescente y su jugo en manos desbordó.
—Un accidente —responde con una pequeña sonrisa.
Ella le da una mirada a la línea desnuda que le queda por encima de sus pantalones, y nota que el jugo se escurrió también por la tela oscura; sus ojos se dilatan al recordar lo bueno que fue tenerlo en su boca, dentro de ella. Además, así todo desaliñado, con la piel seguramente salada por su arduo trabajo… Joder, se excita con to