La tarde del domingo en el refugio llega con un aire de alivio para Beatrice. Haber hablado hace unas horas con Raúl fue bueno. Cree en él, y sabe que no tiene nada que temer.
Mientras organiza las cosas en la oficina para el encargado diario, la puerta se abre. Raúl se deja ver, con una camisa de algodón que le queda pequeña, lo cual la hace reír.
—¿Qué le pasó…?
Raúl rueda los ojos. Estaba distraído, pensando en ella; en las ganas que tiene de besarla, de poseerla, de verla a los ojos por todo