Inevitable.
Ese mismo sábado en la noche los mensajes comienzan, con un simple “buenas noches”. Ella responde de vuelta y su corazón da brincos ilusionados. Ya no es solo una atracción lo que siente, ha escalado progresivamente. Y aunque le sigue dando algo de miedo, con solo pensar en su promesa, en su sonrisa, se esfuma.
El día domingo Beatrice se dedica a hacer cosas del hogar, a hacer actividades de la escuela con Valentina, y en la tarde en medio de una video llamada con Raúl y Romina, la puerta suena.
La mujer abre, y sus ojos brillan al ver un hermoso ramo de rosas rojas frente a ella al igual que un peluche de un metro.
Los repartidores la hacen firmar, y cuando ella adentra todo, la niña grita de emoción.
La tarjeta de su peluche dice: “para mi princesa, Valentina.”
Y Beatrice lee la suya con las mejillas encendidas.
“Para la joya más preciosa.”
—Señor Meléndez… —pronuncia ella, sin saber qué decir, pero por suerte logra distraerse por la emoción de su hija, dándose cuenta de que este ho