Jordano Mackenzie.
Mi teléfono suena. Solo han pasado quince minutos y mi corazón está a punto de explotar.
—Estoy afuera.
—Salgo para que puedas entrar.
No les digo nada a Evangeline ni a Erick; ellos también se están moviendo, buscando alternativas. Necesitamos tener varias opciones. Entonces la veo: su coche está aparcado frente al hospital. Por mucho que me duela admitirlo, Margaret fue la única que se ofreció a donar sangre para Ariadna en medio de este desastre.
—No sabes cuánto te agrade