Jordano Mackenzie
Observo cómo los ojos de Ariadna se apagan lentamente, sus párpados quedan entreabiertos y su piel palidece. ¡No, no puede ser!
En ese momento, los paramédicos irrumpen en la iglesia, corriendo hacia ella y colocándola rápidamente en una camilla. Evangeline es quien se apresura a acompañarla. Quiero ir con Ariadna, necesito estar a su lado, pero su hermana me detiene con una mirada implacable.
Uno de los paramédicos nos mira y pregunta:
—¿Quién acompañará a la señorita?
—¡Yo!