El amanecer apenas comenzaba a teñir el horizonte cuando Sebastian Vegetti abandonó la mansión.
Nadie lo vio marcharse.
Nadie se atrevió a detenerlo.
La casa entera permanecía sumida en un silencio extraño desde la noche anterior.
Un silencio pesado.
Doloroso.
Como si todos los habitantes de aquella inmensa propiedad percibieran que algo importante estaba ocurriendo.
Sebastian descendió las escaleras principales con pasos lentos.
Llevaba una camisa oscura.
Los primeros botones desabroc