El amanecer en Cancún era espectacular.
El mar parecía una inmensa extensión de cristal azul que se fundía con el horizonte mientras los primeros rayos del sol teñían el cielo de tonos dorados y anaranjados.
Pero aquella belleza pasaba completamente desapercibida para Antonio.
Sentado en el amplio balcón de la suite presidencial, observaba el océano con una expresión sombría.
Sus codos descansaban sobre las rodillas.
Sus manos permanecían entrelazadas.
Y sus pensamientos eran cada vez más oscur