La habitación estaba sumida en un silencio pesado.
Las enormes ventanas del hotel dejaban entrar las luces nocturnas de Cancún, iluminando apenas el lujoso dormitorio donde Claudia Mendoza permanecía sentada al borde de la cama.
Sus manos temblaban.
El teléfono seguía apretado entre sus dedos.
Y su respiración era completamente irregular.
El mensaje seguía allí.
Abierto frente a sus ojos.
La notificación judicial.
La citación.
Y el nombre que más odiaba leer en ese momento.
Renata Vegetti.
Clau