La habitación del hospital estaba en silencio, un silencio pesado, denso. casi incómodo.
Antonio Vegetti permanecía recostado en la cama del hospital, con la mirada fija en el techo blanco. Su expresión era inexpresiva, pero sus pensamientos no lo eran. Eran un caos.
Oscuros.
Inquietos.
Peligrosamente posesivos.
—Lleva a Claudia a cualquier lugar… dile que me preocupo mucho por ella… que vaya a descansar y trae a Renata.
Había dado la orden sin titubear como si fuera lo más natural del mundo,