El amanecer llegó con una calma engañosa, la Mansión Vegetti estaba en silencio, un silencio que no hablaba de paz, sino de contención, de todo lo que aún latía debajo de la superficie. Pero en la habitación principal, algo era distinto. Renata estaba de pie frente al espejo.
Inmóvil.
Observándose.
No como una mujer que duda. Sino como una mujer que se reconoce. El traje que llevaba era impecable. Un conjunto en tono marfil, de líneas elegantes y perfectamente estructuradas, que abrazaba su