El aire nocturno del jardín de la Mansión Vegetti era frío, pero no lo suficiente como para calmar la tensión que vibraba entre Sebastián Vegetti y Renata Mendoza, el contraste entre el bullicio contenido dentro de la casa y el silencio exterior hacía que cada respiración, cada movimiento, cada mirada se sintiera más intensa, más evidente, más difícil de ignorar, las luces tenues iluminaban parcialmente el rostro de él, marcando con mayor profundidad la dureza de sus facciones, mientras que ell