La tarde había caído con una calma extraña.
El mundo exterior seguía su ritmo, ajeno a todo lo que se estaba desmoronando en silencio dentro de aquella habitación.
Las cortinas apenas dejaban pasar la luz, tiñendo el ambiente con tonos suaves, casi íntimos.
Renata estaba recostada sobre el pecho de Sebastian.
Su cabeza apoyada con naturalidad, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.
Como si hubiera encontrado, sin darse cuenta, un refugio que no sabía que necesitaba.
El brazo de