CAPÍTULO 36
Bianca
Me senté en el diván cerca de la ventana, con las piernas encogidas contra mi pecho, mirando hacia los jardines que ahora me estaban prohibidos. La oscuridad del exterior parecía una extensión del silencio sepulcral que reinaba en la mansión. Sabía que no debía intentar salir; la presencia de un guardia nuevo en el pasillo era una advertencia constante.
Pero no era el guardia lo que me ponía los pelos de punta, ni siquiera el frío cristal contra mi espalda. Era la sensación