Isadora, con el celular pegado a la puerta, no sabía si reír o correr. Esto es una locura, pensó, mientras los gritos alcanzaban un clímax absurdo.
Dentro de la habitación, Leonela y Enrique se desplomaron en la cama, jadeando entre risas incontrolables. Ella se cubrió la boca, sus ojos brillando de pura diversión.
—Nos pasamos de lanza —dijo, su voz temblando de risa.
Enrique, con una sonrisa que era puro triunfo, se recostó a su lado, su respiración aún agitada.
—O fue una obra maestra —respon