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Capítulo 4: Las reglas del trato

Leonela era aún una niña cuando su madre empezó a desaparecer. No de golpe, sino despacio, como una vela que se consume por dentro. Primero fueron los dolores que achacaban al estrés, luego las citas al oncólogo, después las quimioterapias y, finalmente, la morfina que la hacía hablar en susurros.

Tres semanas después de su partida, Elena se acercó a Ricardo. Oficialmente era «su asistente ejecutiva». Era joven, con una habilidad natural para estar siempre donde más se le necesitaba. Elena había esperado con paciencia de depredador el momento exacto en que el dolor ablandara a Ricardo lo suficiente como para entrar sin resistencia.

Y, poco a poco, fue trayendo a su hija Cassandra al centro de la fotografía familiar. Leonela la llamaba Elena, a secas, como quien nombra una tormenta que no puede evitar. Ahora, con la misma expresión calculadora, años después, observaba el anillo de compromiso en el dedo de su hijastra.

Leonela captó el destello exacto en sus ojos: no era sorpresa, era una amenaza contenida. Porque Elena sabía reconocer a una intrusa cuando la veía. Y, por primera vez en mucho tiempo, se sentía en el lado equivocado del tablero.

—Me aseguraré de saber todo sobre él —masculló, su voz un murmullo de determinación.

En el pasillo, Leonela soltó a Enrique y se giró hacia él con los brazos cruzados.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó, la voz temblando de adrenalina—. ¿Por qué hiciste eso?

Enrique, con una sonrisa traviesa que desarmaba, se apoyó contra la pared, como si el caos fuera su elemento natural.

—Hice enojar a tu hermana, conseguiste la atención de todos y, de paso, tienes en tu dedo un anillo que te queda perfecto —dijo, guiñándole un ojo—. ¿No es eso un paso hacia la presidencia de la empresa de tu familia? ¿Qué hay de malo?

Leonela lo miró, atónita.

—¡Lo malo es que acabo de comprometerme con un extraño! —espetó, aunque una risa incrédula se le escapó—. Te dije que fingieras ser mi novio, ¡nada más!

Enrique alzó las manos, como rindiéndose, pero los ojos le brillaban con picardía.

—Los novios se entregan, comprometen y casan, así en ese orden o en el que desees. Además, tú me besaste primero, ¿recuerdas? Y dijiste que querías crear al chico perfecto, alguien que te ayudará a no perder tu esfuerzo.

Se acercó un paso. La voz le bajó a un tono íntimo.

—Yo puedo ser ese chico, Leonela. Quédate con la empresa. Es simple, ¿no?

Leonela parpadeó. La mente le giraba.

¿Es una locura o un golpe de genio?

—Bien, tienes razón —admitió, cruzando los brazos—. Parece que no me queda otra opción. Lo haré.

Enrique sonrió, pero antes de que pudiera responder ella levantó el dedo índice frente a él.

—Pero escucha. Tengo reglas. Primera: sin mentiras. Debo confiar en ti plenamente.

Enrique sintió una punzada de ironía.

Ay, si supieras… No puedo decirte quién soy. No todavía. Quiero lograr mi cometido, y este es el primer paso.

Con una sonrisa despreocupada, dijo:

—Sin mentiras, prometido.

—Vamos a casarnos —continuó Leonela, la voz firme pero cargada de nervios—. Ganaré la presidencia, y luego nos divorciamos. Simple.

Enrique alzó una ceja, divertido.

—¿Aún no nos casamos y ya estás pensando en el divorcio? —dijo, con tono burlón—. Ve más lento. Quizás quieras reconsiderarlo.

Leonela negó con la cabeza. La mirada se le endureció.

—No. Solo seamos socios. Si me caso de verdad, será por amor, no por un trato.

Enrique, en su interior, sintió un destello de desafío.

Por eso haré que caigas, pensó. Su sonrisa ocultaba la determinación. No solo quiero mi premio… tal vez quiero algo más.

Leonela sacó un talonario de su bolso y comenzó a llenar un cheque.

—Toma. Esto es por tu ayuda. Y cuando todo termine, recibirás más.

Enrique, con una risa suave, empujó el cheque hacia ella.

—No hace falta.

Ella lo miró, desconcertada.

—¿Entonces qué ganas con todo esto?

Enrique sintió una chispa de ambición.

Mi futuro… y tal vez amor.

Pero su respuesta fue más suave, casi galante.

—Quiero apreciar tu belleza, Leonela. Nada más.

Ella resopló, claramente incrédula, pero no pudo evitar una sonrisa.

—Muy bien. Pero una regla más: no busques nada conmigo. Los besos son solo para cuando sea necesario. ¿Entendido?

—Claro —dijo él, con un dejo de desdén, aunque los ojos le brillaban con desafío—. Quédate el anillo.

Con una inclinación teatral, se alejó por el pasillo.

Leonela lo observó. La mente le giraba.

¿Quién eres, Enrique?

Sacó el anillo de su dedo y lo examinó. Las iniciales GE grabadas en el interior la hicieron fruncir el ceño.

¿Cómo puede un mesero costear esto?

Antes de que pudiera pensar más, su teléfono vibró. La voz de su padre, fría y cortante, resonó al contestar.

—Leonela, no sé qué estás haciendo, pero si quieres la empresa, espero verte a ti y a tu «prometido» en el desayuno de mañana. Quiero ver con mis propios ojos si esto es real… o solo otro espectáculo.

Colgó.

Leonela se quedó reflexionando, sintiendo una mezcla de adrenalina y pánico.

—Demonios… ni siquiera tengo su número —murmuró.

El desayuno no era un simple formalismo. Ricardo los estaba poniendo a prueba. Quería observarlos juntos, medir la solidez del compromiso, buscar grietas. Y Leonela sabía que, si fallaban, Cassandra y Elena no dudarían en aprovecharlo.

Por la mañana, el comedor de la oficina de su padre era un campo de batalla disfrazado de desayuno. Cassandra, degustando uvas, queso y embutidos con una expresión agria, estaba sentada junto a Paul, Ricardo y Elena. La mesa estaba cargada de viandas, pero la tensión era más pesada que el aroma del café recién colado.

Cuando Leonela entró sola, Cassandra soltó una risa mordaz.

—¿Dónde está tu prometido hambreado? —preguntó, con una sonrisa venenosa—. ¿O acaso viniste por más dinero para pagarle sus servicios?

Leonela alzó la barbilla.

—Estoy aquí por la empresa. ¿Podemos empezar con el papeleo y terminar con esto?

Elena soltó una risa suave, casi burlona.

—Sabes que no se te dará la empresa tan fácilmente, querida.

—Papá, dijiste que me nombrarías sucesora si me comprometía en matrimonio —insistió Leonela, la voz firme—. Llevo años trabajando en ella. No puedes simplemente dárselo a Cassandra, que nada aporta, y a su… —miró a Paul con desprecio— chiquito.

Cassandra se atragantó con una uva.

—¡No lo tiene tan pequeña, sabes!

—¡Basta! —cortó Ricardo, la voz como un trueno.

Se volvió hacia Leonela. La mirada era dura.

—¿Te comprometes con un desconocido? ¿Te has vuelto loca?

Elena intervino, con un tono más suave pero punzante.

—¿Sabías que no pudimos encontrar nada sobre él? ¿Y por qué será? ¿No es real la historia que te contó?

Leonela sonrió, imitando la sorna de Cassandra.

—¿Falso? ¿Tan falso como las bubis de mi hermanita?

Cassandra se puso roja y se levantó.

—¡Muy bien! ¿Y por qué no está aquí tu mesero? ¿Acaso está limpiando mesas?

Metió una mano en el bolso de Leonela y sacó el teléfono con una sonrisa cruel.

—¿Y si lo llamamos? ¿Responderá? Oh, espera… ¿ni siquiera lo tienes agregado?

Antes de que Leonela pudiera responder, la puerta del comedor se abrió. Enrique entró, vestido con un traje gris tan fino que parecía gritar riqueza, sosteniendo un ramo de rosas rojas que contrastaban con su aire despreocupado. Los ojos de Leonela se iluminaron. El corazón le traicionó con un vuelco.

—Buenos días —dijo Enrique, la voz suave pero firme.

Se acercó a Leonela y le entregó las rosas con una reverencia.

—Me casaré con Leonela. Ahora mismo, si ella quiere.

El silencio fue ensordecedor. Cassandra dejó caer un queso a medio morder. Paul apretó los puños. Ricardo alzó una ceja. Elena, con una sonrisa incrédula, murmuró:

—¿Qué?

Enrique, ignorando la tensión, se dirigió a Ricardo.

—Con todo respeto, señor, me he dado a la tarea de investigar su empresa. Leonela es quien la ayudó a levantarla. La presidencia le pertenece.

Ricardo soltó una risa seca.

—¿Has investigado la empresa? —dijo, con desdén.

Elena intervino, el tono afilado.

—Oh, claro, amor. Lo hizo para calcular cuánto puede robarse.

Enrique no se inmutó.

—Hablo en serio. ¿No me cree?

La mirada desafiante de Ricardo se volvió hacia él.

—Creo que subestimarte es un error.

Sacó una carpeta del maletín a su lado y la arrojó sobre la mesa.

—Muy bien, Enrique. Si quieres casarte con mi hija, firmarás esto.

Abrió la carpeta, revelando un acuerdo prenupcial.

—Si te divorcias, no te llevarás nada.

Cassandra, Elena y Paul rieron, las risas cargadas de burla.

—Parece que Leonela será abandonada otra vez —se mofó Cassandra.

—Adiós, cazafortunas —añadió Elena, con una sonrisa triunfal.

Leonela observó a Enrique mientras leía los papeles. Recordó el momento en el pasillo.

«No hace falta», había dicho él, rechazando su cheque. ¿De verdad le intereso?

El corazón se le dividió entre la duda y una chispa de esperanza.

Al tomar la pluma, Enrique sintió una punzada de cautela.

Cierto, no puedo usar mi nombre real. Si lo hago, todo se vendrá abajo.

Luego, alzando la vista con una sonrisa que desarmaba, miró a Leonela y declaró:

—No hay problema. —Firmó el documento—. No estoy aquí por dinero.

Sin dudar, firmó con un garabato rápido: «Enrique», un nombre lo bastante común para pasar desapercibido.

El silencio volvió, pero esta vez era diferente. Ricardo parpadeó, desconcertado. Cassandra dejó caer su pincho. Paul apretó el ceño. Elena alzó una ceja, claramente confundida. Ricardo, con los ojos entrecerrados, parecía evaluar si Enrique era un genio o un loco.

Y Leonela, mirando el ramo de rosas y los documentos firmados, sintió que el juego había cambiado.

—Yo quiero a Leonela.

Su voz resonó en el silencio atónito del comedor. Cada palabra cargada de una convicción que hizo que los presentes contuvieran el aliento.

Leonela, con el corazón latiendo desbocado, lo miró con una mezcla de sorpresa y sospecha.

¿Amor? ¿En serio?

Aunque una chispa de emoción traicionó su escepticismo. Captando la oportunidad, rompió el silencio.

—Bien, pues concluimos el papeleo —dijo, con la voz firme pero cargada de urgencia—. Firmo, y me cedes la compañía, papá.

Ricardo, con una mirada de acero, negó con la cabeza.

—No he terminado, Leonela —replicó, el tono grave cortando el aire—. No puedes irte como si nada. Si te vas a casar, tendrás una boda apropiada. No permitiré que esto sea una farsa.

Cassandra, con una risa mordaz, se inclinó hacia adelante. Las uñas le tamborileaban sobre la mesa.

—¿Y quién sea la primera en casarse obtendrá la compañía, verdad? —dijo, lanzando una mirada venenosa a Leonela—. Ya está organizada mi boda con Paul para celebrarse el 18 de diciembre próximo. Así que la empresa es mía.

Leonela, con una chispa de desafío en los ojos, respondió sin dudar.

—Yo me casaré el 17.

Cassandra, sin inmutarse, soltó una carcajada.

—¡Ja! Entonces la adelantaré para el 16.

—¡Basta! —cortó Ricardo, la voz como un trueno que silenció el comedor.

Se inclinó hacia adelante, las manos apoyadas en la mesa. La mirada alternaba entre sus hijas.

—Esto no es una carrera. Ambas se casarán el 18. Tendremos una boda doble.

Cassandra palideció, dejando caer el queso que sostenía.

—¿Una boda doble? —repitió, la voz temblando de incredulidad.

Luego, con una risa nerviosa, añadió:

—¿Por favor, papá? ¿Quieres que comparta mi boda con ella?

Leonela, igualmente atónita, frunció el ceño.

—¿Y qué hay de la empresa? —preguntó, con el tono cargado de frustración.

Ricardo, con una calma que ocultaba su autoridad, respondió:

—Cuando la boda se lleve a cabo, se decidirá quién se queda con la empresa. —Hizo una pausa. Los ojos escrutaron a ambas—. Y bien, ¿aceptan la propuesta?

El silencio fue pesado, roto solo por el tintineo de una cucharilla que Elena dejó caer sin querer. Cassandra soltó una risa solitaria, casi histérica, mientras Paul, a su lado, se removía incómodo, claramente superado por la situación. Leonela miró a Enrique, buscando una señal. Él, con esa calma magnética que la había atrapado desde el principio, le ofreció su mano. Su sonrisa era una mezcla de complicidad y desafío.

—Claro que aceptamos —dijo Enrique, la voz suave pero firme, como si la idea de una boda doble fuera un juego que estaba encantado de jugar—. Tengamos una boda doble.

Leonela sintió el calor de su mano. No pudo evitar soltar una sonrisa.

¿Es una locura o una jugada maestra?

La audacia de Enrique era contagiosa. Tomó su mano, apretándola con una mezcla de nervios y emoción.

—Bien —replicó, la voz más segura de lo que sentía—. Casémonos.

El comedor, vibrante tras el eco de la declaración de Ricardo, parecía contener el aliento. Cassandra, sentada con la postura rígida de una reina destronada, clavó los ojos en Leonela. Su mente era un torbellino de desprecio y estrategia.

Voy a compartir mi día con esa relación sacada de quién sabe dónde, pensó, los ojos puestos sobre las flores rojas. Cuidado, hermanita. Aquí viene Cassandra, experta en ganar.

Una sonrisa afilada cruzó su rostro, pero los ojos le destilaban veneno.

Desde el otro lado de la mesa, Enrique la observaba con una intensidad que desmentía su aparente despreocupación. Los dedos le jugaban con la pluma que acababa de usar para firmar el acuerdo prenupcial, un gesto que parecía trivial pero que ocultaba un cálculo frío.

¿Cree que puede intimidarme en mi propio terreno?, pensó. Su mente danzaba entre la diversión y el desafío. Ja. No tiene idea de lo que se le viene.

El secreto de su verdadera identidad pesaba como una moneda en su bolsillo, lista para ser jugada en el momento preciso.

Leonela, a su lado, rompió el silencio con una voz que destilaba burla y urgencia.

—Bien, ya nos vamos —dijo, levantándose con una gracia felina que contrastaba con la tensión en sus hombros.

Sin esperar respuesta, tomó a Enrique del brazo y lo arrastró hacia la salida, dejando tras de sí un rastro de miradas atónitas. Ricardo, con los ojos entrecerrados, parecía calcular cada movimiento como si fuera una partida de ajedrez. Elena alzó una ceja, divertida, mientras un destello de curiosidad cruzaba su rostro. Cassandra, con los labios apretados, intercambió una mirada con Paul, cuyo rostro reflejaba una mezcla de incomodidad y lealtad ciega.

En el estacionamiento, bajo el sol abrasador que reverberaba en el asfalto, Leonela soltó a Enrique y se giró hacia él. Su expresión era una mezcla de alivio y sospecha. El viento jugaba con un mechón de su cabello, y por un instante su vulnerabilidad asomó bajo la armadura de determinación.

—Gracias por eso —dijo, la voz más suave ahora, casi íntima—. Por firmar, por… seguirme la corriente ahí dentro.

Enrique, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que parecía desarmar cualquier defensa, inclinó la cabeza ligeramente.

—No hay de qué, prometida —respondió. 

El tono le era ligero, pero cargado de una intención que hizo que el corazón de Leonela diera un vuelco.

Ella frunció el ceño, buscando en su rostro alguna pista de sus verdaderas intenciones.

—¿En serio? —preguntó, cruzando los brazos mientras escudriñaba el estacionamiento vacío—. ¿Y a dónde vas ahora? No veo tu coche.

Enrique, con un brillo travieso en los ojos, dio un paso más cerca, invadiendo sutilmente su espacio.

—A casa —dijo, pausando para dejar que las palabras se asentaran—. Contigo, prometida.

Leonela parpadeó, desconcertada. La mente se le atrapó entre la incredulidad y una chispa de diversión.

¿Prometida? La palabra sonaba extraña, como un vestido que no estaba segura de querer probarse. Pero había algo en la forma en que Enrique la miraba —con una mezcla de desafío y calidez— que hacía difícil mantener la guardia alta.

—¿En serio? —repitió, la voz oscilando entre la burla y la curiosidad.

Se giró instintivamente y sus ojos se encontraron con una elegante camioneta negra que parecía aguardar el arribo de su dueño.

Enrique, sin perder la compostura, se acercó aún más. La voz le bajó a un murmullo cómplice.

—Totalmente en serio —dijo—. Si vamos a hacer esto, Leonela, hagámoslo bien. ¿O tienes miedo de que tu «mesero» te robe protagonismo?

Ella soltó una risa corta, pero no pudo evitar que una sonrisa traicionera curvara sus labios.

Es un atrevido, pensó. Y aunque una parte de ella quería mantenerlo a raya, otra parte —más peligrosa— estaba empezando a disfrutar del juego.

—Esto es… muy incómodo —dijo, deteniéndose para mirarlo—. No tienes auto, ¿verdad? ¿Cómo vamos a movernos ahora?

Enrique, disimuladamente, con las manos detrás de sí, instó al chofer de la camioneta a que se retirara.

—Supongo que tendremos que improvisar —respondió, el tono ligero pero cargado de encanto.

A lo lejos, Cassandra y Paul los observaban, los rostros cargados de desprecio. Cassandra, con una sonrisa cruel, susurró a Paul:

—Creo que tendremos que vigilar muy de cerca a estos tortolitos. No me fío de ese mesero.

Paul, ajustándose el traje, asintió.

—No dejaré que arruinen nuestro plan —masculló, los ojos fijos en la pareja.

Leonela, ajena a las miradas, llamó al valet parking. Pronto ella y Enrique subieron a su vehículo. El trayecto fue silencioso, pero la tensión entre ellos era palpable, como si cada kilómetro los acercara no solo a un destino, sino a un futuro lleno de mentiras.

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