Cassandra, incrédula, dio un paso atrás, su risa ahora un filo de desprecio que cortaba el aire.
—¿Puedo hablarte como se me dé la gana, idiota? —espetó, su rostro a centímetros del suyo—. ¿No sabes quién soy? Quiero hablar con tu jefe.
Arnulfo, con una calma que escondía una tormenta, respondió:
—Yo soy el gerente. Yo dirijo el hotel.
Cassandra, con los ojos encendidos como brasas, dio un golpe al mostrador, el sonido resonando como un disparo.
—¡Llama al jefe de tu jefe! —gritó, su voz quebran