Ava caminaba con los pies descalzos por la orilla de la playa, dejando que el agua tibia del mar le acariciara los tobillos.
El atardecer pintaba el cielo con tonos naranjas y violetas, y su vestido blanco ondeaba suavemente con el viento. Aunque la imagen era hermosa, su corazón estaba cargado.
Cada paso que daba sobre la arena húmeda parecía pesar más que el anterior.
Había salido de la habitación sin rumbo, huyendo de sí misma, de sus pensamientos, de lo que había ocurrido horas antes. Se