El bar estaba casi vacío a esas horas de la noche. Alexandro bebía su whisky con lentitud, perdido en sus pensamientos, cuando Damián se levantó repentinamente.
—Hermano, tengo que irme. Mariana me acaba de escribir y parece que tiene antojo de algo que solo venden en el otro lado de la ciudad.
Alexandro bufó con una sonrisa leve.
—¿Y qué antojo tan urgente es ese?
—Helado de avellanas con papas fritas. —Damián hizo una mueca—. No preguntes.
Alexandro soltó una carcajada baja.
—Dale, ve.