La sala estaba en silencio, solo roto por el sonido de las cartas extendidas sobre la mesa. La luz cálida de la lámpara iluminaba las palabras escritas en tinta añeja, mientras Vanessa y Alexandro las contemplaban con rostros tensos.
De repente, Nico irrumpió en la escena, corriendo con su pelota en la boca. Su entusiasmo no conocía de momentos cruciales. Se acercó a la mesa y, con un curioso empujón de su hocico, movió algunos de los papeles.
Vanessa tomó la primera carta con cuidado y comen