Sin embargo, a medida que pasaba la tarde, le resultó más difícil mantener el nivel de su enojo. Se sentía triste, deprimida, tanto que, si no hubiera necesitado aquel trabajo para mantener a su hijo, hubiera tirado la toalla allí mismo.
—¿Te apetece venir a cenar conmigo? —le preguntó Henry, cuando la jornada llegaba a su fin.
—Gracias —dijo Amira—. Pero estoy completamente agotada. Sólo quiero irme a casa, tomarme algo caliente, darme un baño y meterme en la cama.
—Yo tampoco me encuentro con