Sintiéndose totalmente atónita por lo que había escuchado, Amira se marchó del despacho del presidente.
De camino a su despacho, no se encontró con nadie, ya que era bastante tarde y todo el mundo se había marchado.
Suspiró profundamente, se sentó en su sillón y trató de hacerse cargo de la situación que se avecinaba.
—Tal vez puedas creer que te hemos dado un cáliz envenenado —le había dicho el presidente.
Y así era, aunque, desde luego, no tenía ni idea de los problemas adicionales que aquell