Maya apenas comenzaba a quedarse dormida cuando los quejidos de su hijo la hicieron abrir los ojos de golpe.
Estiró la mano y encendió la lámpara de la mesa de noche antes de volverse hacia Zak. El pequeño se removía inquieto entre las mantas. Un instante después, los quejidos se transformaron en un llanto suave mientras la llamaba.
—Aquí estoy, cariño.
Lo tomó en brazos y comenzó a mecerlo.
No era la primera vez que se despertaba en mitad de la noche. Por lo general, bastaba con arrullarlo uno