Maya frunció el ceño al escuchar el sonido del ascensor. Era demasiado temprano para que Thiago estuviera de regreso, pero unos segundos después él apareció en la sala.
—Thiago —saludó.
—Maya —respondió él. Tenía los hombros tensos y el cansancio marcado en el rostro.
Se comenzó a aflojar la corbata, mientras echaba un vistazo a su reloj de muñeca.
—Diablos. Ya voy tarde. Disculpa que no me quede a hablar contigo.
—No hay problema —respondió ella, aunque él ya se dirigía hacia las escaleras.
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