Mundo ficciónIniciar sesiónJoseph conducía en silencio, con las manos apretadas al volante. Nunca había sido un hombre compasivo. Su carácter arrogante, egocéntrico y de mal genio lo había definido durante años. Subir a una desconocida a su coche en plena noche, y mucho menos después de una fiesta, iba contra todo lo que él era. Sin embargo, esa noche actuaba como si no fuera él mismo.
Cada vez que miraba por el retrovisor y veía a Eliana, su corazón —ese corazón nuevo— latía con una fuerza extraña, casi independiente. Un calor desconocido le recorría el pecho, como si el órgano reconociera a la mujer sentada a su lado. Sin darse cuenta, aceleró más de lo necesario.
—Hemos llegado —dijo suavemente, deteniendo el lujoso deportivo frente a un modesto restaurante de comida rápida.
Eliana abrió los ojos, sorprendida. Aquel lugar… era el mismo donde solía venir con Alejandro. Su rincón favorito para celebrar las pequeñas cosas de la vida.
—¿Aquí? —preguntó confundida—. ¿A ti te gusta este sitio?
Joseph negó con la cabeza, sonriendo con timidez.
—Nunca había venido. Pero algo… me trajo hasta aquí esta noche.
Bajaron del coche. Eliana se sintió avergonzada al mirarse: un buzo enorme que le llegaba hasta las rodillas, pantalones de chándal gastados y el cabello recogido en una coleta desordenada. Nada que ver con la mujer elegante que iba al lado de Joseph, con su traje oscuro impecable, camisa blanca abierta y ese aroma masculino que envolvía el aire.
«Qué vergüenza», pensó, queriendo desaparecer.
Sin embargo, Joseph no parecía notar nada de eso. Le abrió la puerta del restaurante con una gentileza que no sabía que poseía y la invitó a pasar. El olor a comida recién hecha despertó en Eliana una oleada de nostalgia. Recordó las risas compartidas con Alejandro en aquella misma mesa, las manos entrelazadas sobre la madera gastada, los planes para el futuro.
Se sentaron en el rincón que ella siempre elegía. Joseph se reclinó en la silla, relajando el cuello, y la miró con una intensidad que la desarmó.
—¿De verdad ibas a hacerlo? —preguntó, esta vez sin sarcasmo—. ¿Tirarte de ese puente?
Eliana bajó la mirada.
—Sí… Llevo meses pensándolo. Ya no tengo razones para seguir aquí.
Joseph guardó silencio. No entendía por qué se sentía tan conectado a ella, como si la conociera de toda la vida. Era una sensación profunda, visceral, que escapaba a su control. Su corazón latía más fuerte cuando ella hablaba, como si quisiera responderle.
Pidieron la comida. Joseph ordenó exactamente lo mismo que Alejandro siempre pedía: doble queso, doble carne y una cola bien fría. Cuando Eliana lo escuchó, un escalofrío recorrió su espalda. No era casualidad. Nada de esto lo era.
Comieron en un silencio cómodo, intercambiando miradas cargadas de una química inexplicable. Cada vez que sus ojos se encontraban, algo vibraba en el aire. Una conexión silenciosa, casi mágica.
Al terminar, Joseph la llevó hasta su casa. Durante el trayecto, Eliana sintió que, por primera vez en un año, la oscuridad que la envolvía se había aligerado un poco. El dolor seguía allí, profundo y lacerante, pero ya no era tan asfixiante.
Al bajar del coche, se giró hacia él.
—No sé por qué hiciste todo esto por mí… pero gracias. Creo que Alejandro… me envió una señal esta noche.
Joseph la miró sin entender del todo, pero su corazón dio un vuelco fuerte dentro de su pecho.
—Cuídate, Eliana. No quiero volver a verte en un puente.
Ella sonrió por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa pequeña pero real.
—Tal vez no lo haga.
Mientras el coche se alejaba, Joseph se llevó una mano al pecho. Su corazón latía con una fuerza nueva, como si estuviera feliz. Como si, de alguna manera, hubiera encontrado algo que llevaba mucho tiempo buscando.
Y en su pequeño apartamento, Eliana se acostó sin lágrimas por primera vez en meses, abrazando la extraña certeza de que, tal vez, no todo había terminado esa fatídica noche.







