Mundo ficciónIniciar sesiónEl teléfono sonó y Eliana dejó caer el cucharón en la olla, sobresaltada. Hacía meses que nadie la llamaba, excepto para cobrar deudas.
—¿Hola?
—¿Señorita Eliana Solano? —preguntó una voz profesional al otro lado.
—Sí, soy yo.
—Le hablamos de Sullivan Pharmaceuticals. Revisamos su currículum y su perfil nos interesa. ¿Podría venir esta tarde a las cuatro para una entrevista?
Eliana abrió los ojos como platos. El corazón le dio un vuelco.
—¡Sí! Claro. Allí estaré.
Colgó y se quedó mirando el teléfono, aturdida. Sullivan Pharmaceuticals. El mismo apellido. ¿Casualidad? ¿O Joseph estaba allí? Fuera lo que fuese, necesitaba ese trabajo. Su madre se estaba desgastando y ella solo era una carga más en casa.
Abrió el armario con esperanza, pero la realidad fue cruel. No tenía nada formal. Escogió lo menos malo: un pantalón oscuro desgastado, una blusa sencilla que había visto mejores días y unos zapatos abiertos. Se soltó el cabello, se maquilló apenas y salió dos horas antes.
El tráfico, el autobús abarrotado y el olor a sudor ajeno terminaron de arruinar su aspecto. Cuando por fin llegó frente al imponente edificio de Sullivan Pharmaceuticals, se sentía un desastre. El moderno rascacielos de cristal y acero gritaba lujo y poder. Su reflejo en las puertas de vidrio confirmó lo peor: no encajaba allí.
Subió los escalones a toda prisa. Su pie tropezó y cayó de rodillas con fuerza sobre el cemento. Un dolor agudo le atravesó la pierna. Los pantalones se rasgaron y sintió cómo la sangre caliente comenzaba a correr.
—¡Mierda! —susurró, mortificada.
Al levantar la vista, se encontró con unas largas piernas perfectas. Siguió subiendo la mirada hasta dar con el rostro de Layla, que la observaba con puro desprecio.
—Tenga más cuidado —escupió Layla, mirándola de arriba abajo como si fuera basura—. Y aléjese, no quiero oler a pobre.
Eliana sintió que el mundo se hundía. Se levantó como pudo, con la rodilla ardiendo.
—¿No me recuerda? —preguntó con voz débil.
—Claro que no. Y manténgase lejos de mí.
Eliana quiso desaparecer. Pero entonces una voz grave y masculina la detuvo:
—¿Eliana?
Cerró los ojos con fuerza. Esto no puede estar pasando.
Se giró lentamente. Allí estaba Joseph Sullivan, impecable en su traje oscuro, con esa presencia que parecía llenar todo el espacio.
—Señor Sullivan… —murmuró ella, avergonzada.
Layla se tensó al instante.
—¿Conoces a esta… mendiga?
Joseph lanzó a su prometida una mirada helada.
—Tenle respeto. Es la mujer del puente.
La furia de Layla estalló. Se acercó y empujó a Eliana.
—¿Viniste a pedirle dinero a mi prometido?
Joseph intervino de inmediato, apartando a Layla con firmeza.
—Otro espectáculo como este y no saldrás conmigo ni a la esquina. Sube a mi despacho. Ahora.
Layla intentó manipularlo con lágrimas, pero Joseph ya había tenido suficiente. Mientras ellos discutían, Eliana aprovechó para escabullirse dentro del edificio.
El interior era deslumbrante: mármol, vidrio, muebles de diseño. Se acercó a la recepcionista, pero la mujer la ignoró por completo. Cuando finalmente le prestó atención, la miró con desdén.
—Llega tarde. La vacante ya fue cubierta.
Eliana sintió que todo se derrumbaba. Cojeando y con la rodilla sangrando, se dirigió al baño para limpiarse. En el pasillo, chocó contra un pecho firme.
—¿Eliana? —Joseph la sujetó por los brazos, sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
—Vine por una entrevista… para el puesto de asistente —respondió con la voz rota—. Pero llegué tarde por culpa de su prometida. Me caí, me humilló… y ahora perdí la oportunidad.
Las lágrimas que había estado conteniendo estallaron.
—Mi marido iba a trabajar aquí antes del accidente. Íbamos a empezar una nueva vida… y lo perdí todo. A él, a nuestro hijo… todo.
Joseph sintió un dolor extraño y profundo en el pecho, como si algo dentro de él se rompiera. Sin decir una palabra, la tomó de la mano y la llevó hasta su despacho privado. Cerró la puerta, la sentó en el sofá y desapareció un momento en el baño.
Regresó con toallas húmedas, algodón y ungüento. Se arrodilló frente a ella, levantó con cuidado el pantalón rasgado y comenzó a limpiar la herida con delicadeza.
—Todo va a salir bien, pequeña… —susurró.
Eliana se quedó helada. Retiró la pierna bruscamente, pálida como un fantasma.
Solo una persona en el mundo la había llamado así.
Y esa persona estaba muerta.







