Mundo ficciónIniciar sesión—¿Pequeña? —repitió Eliana, sorprendida.
Joseph se quedó congelado. La palabra había salido de sus labios sin permiso, como si alguien más la hubiera susurrado a través de él. Un escalofrío le recorrió la espalda y un pinchazo agudo le atravesó el pecho. Soltó las toallas húmedas y se levantó, desconcertado.
—No sé por qué dije eso… —murmuró, pasándose una mano por el cabello—. Lo siento. No sé qué me pasa contigo.
Eliana terminó de limpiarse la herida en silencio, con las mejillas ardiendo. Joseph la observaba con una ternura que no reconocía en sí mismo.
—No te preocupes por el puesto —dijo él de pronto—. Aún puedes optar a él.
Ella levantó la vista, incrédula.
—Pero… el CEO decide esas cosas. No creo que sea tan sencillo.
Joseph se sentó a su lado en el sofá, tan cerca que podía percibir el leve temblor de su cuerpo.
—Yo soy el CEO, Eliana. El puesto de asistente personal es para trabajar directamente conmigo.
El color abandonó el rostro de Eliana. ¿Trabajar cada día junto a él? Aquel hombre imponente, guapo y poderoso la ponía nerviosa de una forma que no lograba entender.
—¿Estás seguro? —preguntó con voz apenas audible.
—Completamente. Tu currículum es excelente y… algo me dice que eres la indicada.
Joseph tomó su teléfono y marcó a Recursos Humanos. Su voz cambió por completo: fría, autoritaria, implacable.
—Iris, da igual quién hayan contratado. Quiero a Eliana Solano como mi asistente personal. Mañana mismo. ¿Entendido? Si tienes algún problema, busca otro empleo.
Eliana lo miró con una mezcla de gratitud y temor. Aquel hombre podía ser dulce con ella y despiadado con los demás en cuestión de segundos.
Cuando colgó, Joseph suavizó la mirada y le sonrió.
—Todo arreglado. Mañana empiezas.
—No sé si esto es correcto… —susurró ella—. No quiero problemas.
—¿Has comido algo? ¿Quieres un café?
Eliana dudó, pero terminó aceptando. Salieron juntos del edificio, y por primera vez en mucho tiempo, ella sintió algo parecido a una ilusión.
En una pequeña y acogedora cafetería del centro, rodeados de velas suaves y aroma a café recién hecho, se sentaron frente a frente. El lugar era exactamente como Alejandro se lo había descrito: íntimo, cálido, especial.
—Es precioso… —murmuró Eliana, mirando a su alrededor con nostalgia.
—Cuéntame más de ti —pidió Joseph, mirándola a los ojos con genuina curiosidad.
Ella se sonrojó. Las palabras se le atascaban. Joseph, por su parte, no podía dejar de observarla. Su corazón latía de una forma distinta cuando ella estaba cerca.
El teléfono de Joseph no paraba de vibrar. Layla. Doce llamadas perdidas. Contestó con fastidio.
—Ahora no puedo hablar, Layla. Estoy ocupado.
—¿Ocupado con esa muerta de hambre? —gritó ella al otro lado—. ¡Tenemos un compromiso, Joseph! Nuestras familias cerraron un acuerdo. ¡No puedes humillarme así!
La conversación se volvió tensa y desagradable. Joseph se disculpó con Eliana y se alejó un momento para terminarla. Cuando regresó, su expresión era sombría.
—Tu prometida está furiosa por mi culpa, ¿verdad? —preguntó Eliana en voz baja.
—No es tu culpa. Layla… es complicada.
Él tomó su mano sobre la mesa. El contacto fue cálido, eléctrico. Ninguno de los dos quería soltarse.
En ese momento, la camarera dejó sobre la mesa dos galletas de la fortuna junto al café. Eliana partió la suya con dedos temblorosos y leyó el pequeño papel:
«Siempre te cuidará»
El corazón se le detuvo. Sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo. Dobló el papel con prisa y se levantó.
—Tengo que irme. Mi mamá me espera.
Joseph frunció el ceño, confundido, pero no insistió. La acompañó hasta la salida. Por un instante, sus rostros quedaron muy cerca. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de algo que ninguno lograba explicar.
Eliana retrocedió bruscamente.
—Gracias por todo, señor Sullivan. De verdad.
Y huyó antes de que su corazón la traicionara.
Joseph se quedó allí, con la mano aún extendida, sintiendo un vacío extraño en el pecho. No entendía qué le estaba pasando, pero sabía que no quería alejarse de ella.
A lo lejos, invisible para ambos, el espíritu de Alejandro los observaba con una mezcla de orgullo y melancolía. Había elegido bien al portador de su corazón. Ahora solo quedaba una misión más difícil: hacer que se enamoraran.
Y el camino, sabía, no sería sencillo.







