Mundo de ficçãoIniciar sessãoPor fin, tras incontables noches en vela, Eliana durmió profundamente. Sin pesadillas. Sin imágenes del accidente ni del vacío en su vientre. Cuando abrió los ojos la mañana siguiente, una extraña paz envolvía su pecho. Lo ocurrido con Joseph la noche anterior había plantado una semilla diminuta de esperanza en medio de su desolación.
—Buenos días, mamá —dijo con voz suave, acercándose a besar la frente de Gloria.
—¡Mi niña! —su madre la miró con ternura y sorpresa—. Hace tanto que no te veía sonreír así. ¿Dormiste bien?
—Sí, mamá. Por primera vez en mucho tiempo… dormí en paz.
Gloria bajó la mirada un instante. Su propia salud se había deteriorado en silencio, pero se guardó el dolor. No quería sumar más peso al corazón roto de su hija.
—Me alegra mucho oír eso. Tengo que ir a trabajar. ¿Podrías preparar la cena?
—Claro. Hoy también voy a buscar empleo. Quiero empezar a cuidar de nosotras.
Gloria la abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas.
—Mientras estés mejor, yo estaré aquí, mi amor. Siempre.
Apenas su madre salió, Eliana tomó una decisión dolorosa pero necesaria. Bajó al sótano, donde guardaba todos los recuerdos de Alejandro. Era hora de dejar ir lo que la estaba matando lentamente.
La luz tenue iluminaba cajas apiladas y maletas cerradas. Se sentó en el suelo frío y comenzó a abrirlas. Sacó una foto de ambos en la playa: abrazados, riendo, con el mar de testigo. Acarició su rostro con el dedo y una lágrima cayó sobre el papel.
—Te extraño tanto… —susurró.
Abrazó una de sus camisas. Aún conservaba su olor. Ese aroma que tanto amaba. Lloró con el rostro hundido en la tela, liberando un dolor que parecía no tener fin. Aun así, guardó prenda tras prenda en una caja, despidiéndose de cada una.
Entre los documentos encontró algo que la dejó sin aliento: los papeles de una casa que Alejandro estaba comprando en secreto. Había pagado la mitad. También halló el contrato de trabajo que nunca llegó a firmar: Supervisor en Sullivan Pharmaceuticals.
—¿Sullivan? —murmuró, recordando el apellido de Joseph.
Siguió revisando hasta llegar a la última foto: la primera ecografía de su bebé. Alejandro sonreía con tanta ilusión, con tanta vida… Eliana se derrumbó. Las lágrimas ardían en su rostro mientras abrazaba la imagen contra su pecho.
En ese preciso momento, una presencia invisible se materializó a su lado.
Alejandro, ahora un ser etéreo y translúcido, observaba a su esposa con el corazón destrozado. No podía tocarla, pero sentía cada uno de sus sollozos como dagas. Se arrodilló junto a ella y, con ternura infinita, intentó acariciar su cabello.
—Eliana, mi amor… estoy aquí —susurró, aunque sabía que ella no podía oírlo—. No llores más, por favor.
Impulsado por un amor que trascendía la muerte, hizo caer la carpeta con los documentos al suelo. El ruido sobresaltó a Eliana. Al recogerla, vio el anuncio de empleo para químico farmacéutico en Sullivan Pharmaceuticals. Una señal. Clara. Inconfundible.
Se limpió las lágrimas y, por primera vez, sintió que Alejandro seguía cuidándola desde donde estuviera.
—Gracias, mi vida… —susurró al vacío.
Subió decidida, actualizó su currículum y lo envió esa misma tarde. Alejandro, a su lado, sonrió con tristeza. Sabía que debía intervenir para que ella consiguiera el puesto. Tenía que unirla con Joseph. Su corazón latía ahora en ese hombre, y confiaba en que algo de su propia bondad aún permaneciera allí.
Unos días después, en la imponente torre de Sullivan Pharmaceuticals, Layla se sentó con sensualidad sobre el regazo de Joseph. Acariciaba su cabello mientras él revisaba documentos en su portátil.
—Tengo una fantasía pendiente, mi amor —ronroneó, pasando la lengua por su mejilla.
—¿Cuál, preciosa? —preguntó él, girándola para tenerla más cerca.
—Quiero que me hagas el amor aquí mismo, en tu despacho.
Joseph sonrió, pero negó con la cabeza.
—Me encanta la idea, pero estoy hasta arriba de trabajo. La nueva asistente aún no llega y necesito concentrarme.
Layla se enfadó. Se levantó, encendió un cigarrillo y le echó el humo en la cara con desafío.
—Todo es más importante que yo. Ni siquiera me has pedido matrimonio.
—¡Apaga eso ahora mismo! —exclamó Joseph, furioso—. Sabes perfectamente lo de mi trasplante. ¿Quieres matarme?
Layla palideció al ver su ira real y corrió a apagar el cigarrillo. Cuando regresó, Joseph ya había perdido la paciencia.
—Necesito trabajar. Sal del despacho, Layla.
Tras una discusión tensa y un portazo, Joseph se quedó solo. Comenzó a revisar currículums. Ninguno le convencía… hasta que llegó al de Eliana.
De pronto, el aire del despacho se volvió más denso. Su corazón latió con fuerza descontrolada, casi dolorosa.
«Esa es» susurró una voz lejana, clara, dentro de su mente.
Joseph se llevó una mano al pecho, desconcertado. Revisó el currículum varias veces. Algo en él le decía que debía contratarla. Sin entender por qué, llamó a Recursos Humanos y ordenó que agilizaran su proceso.
—Quiero verla mañana —dijo con voz firme.
En el otro extremo de la ciudad, Eliana recibió la llamada para una entrevista al día siguiente. Una sonrisa tímida asomó en sus labios por primera vez en mucho tiempo.
Alejandro, invisible a su lado, observó con esperanza y melancolía.
—Cuídala por mí… —susurró hacia Joseph, aunque sabía que el destino apenas comenzaba a tejer sus hilos.







