Capítulo 3 Una nueva vida

Había pasado un año desde aquella noche que destrozó su mundo.

Un año desde que Eliana enterró no solo a su esposo, sino también al futuro que habían soñado juntos. Bajo la hierba húmeda del cementerio descansaban Alejandro y el pequeño hijo que nunca llegó a conocer. Flores blancas, ya marchitas, adornaban las lápidas. Eliana estaba arrodillada frente a ellas, con las manos temblando sobre la fría piedra.

—Te extraño tanto… —susurró, mientras sus lágrimas caían sin control, empapando la tierra—. Cada día sin ti es un infierno, mi amor.

Gloria, su madre, se acercó en silencio y la envolvió en un abrazo cálido pero cansado.

—Hija mía, no soporto verte así. Alejandro no descansará en paz si sigues destrozándote de esta forma. Tienes que dejarlos ir, mi niña.

Eliana negó con la cabeza, rota.

—Mamá… toda mi vida está enterrada aquí, a dos metros bajo tierra. Ojalá me hubiera ido con ellos esa noche.

—Te entiendo más de lo que crees —respondió Gloria con voz suave, aunque firme—. Yo también perdí al amor de mi vida. Pero las deudas nos están ahogando, Eliana. No puedo seguir cargando con todo. Tienes que levantarte, hija. Por ti.

Aquellas palabras calaron hondo. Esa misma noche, al volver a casa, el peso de la soledad y el dolor se volvió insoportable. Ya no quería seguir luchando. Ya no quería existir.

Con el corazón hecho trizas y lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas, Eliana caminó hasta el puente coronado que cruzaba el río. Las aguas oscuras y heladas brillaban abajo como una promesa de paz definitiva. Se subió a la barandilla, el viento frío azotando su rostro.

—Perdóname, mamá… —murmuró con voz rota—. Pero no puedo más. No sin ellos.

Cerró los ojos y se inclinó hacia adelante, lista para dejarse caer.

En ese preciso instante, un deportivo de lujo pasó a toda velocidad. Joseph Sullivan iba al volante, ebrio después de una fiesta interminable. A su lado, Layla Dereck, su actual novia, reía sin parar. Desde que recibió el nuevo corazón, Joseph se había lanzado a vivir cada placer que el dinero podía comprar: fiestas, mujeres, excesos. Nada parecía suficiente.

Sin embargo, al ver la silueta frágil de una mujer al borde del abismo, algo extraño lo sacudió por dentro. Un impulso más fuerte que la borrachera lo obligó a frenar bruscamente.

Eliana se asustó al oír el rugido del motor y perdió el equilibrio. Una fuerza invisible pareció empujarla hacia atrás, haciéndola caer de bruces sobre el asfalto.

—¿Estás bien? —preguntó Joseph, bajando del coche y corriendo hacia ella. Al arrodillarse a su lado, un escalofrío recorrió todo su cuerpo. La borrachera se disipó casi por completo. Esa sensación… era como si algo dentro de su pecho reconociera a esa mujer.

—¡Sí, estoy bien! —respondió Eliana con amargura, levantándose—. O lo estaría si no hubieras aparecido. ¡Por tu culpa no pude saltar!

Joseph la miró fijamente. Sus ojos, llenos de un dolor que él mismo no comprendía, lo conmovieron.

—Si ibas a suicidarte, un puente es la forma más cruel y estúpida —dijo con voz baja pero firme—. ¿Por qué quieres hacer algo así?

Eliana intentó alejarse, pero él la tomó suavemente del brazo. Ella rompió en llanto desconsolado, cubriéndose el rostro con las manos. Todo el dolor acumulado durante un año salió a borbotones.

Sin pensarlo, Joseph la atrajo hacia su pecho y la abrazó con fuerza. Era un extraño, pero el abrazo se sintió extrañamente familiar, como volver a casa después de una larga guerra. Ella lloró contra su camisa, liberando un océano de sufrimiento que llevaba demasiado tiempo conteniendo.

Desde el coche, Layla bajó hecha una furia. Sus tacones resonaron con fuerza sobre el pavimento.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —exigió, mirando con desprecio a Eliana.

Esta se apartó rápidamente, avergonzada al ver a la hermosa y elegante mujer.

—Discúlpeme… yo solo…

—Layla, después te explico —cortó Joseph, sin soltar del todo el brazo de Eliana.

—No te preocupes —dijo Eliana con voz débil—. No quiero causar problemas. Vivo al otro lado de la ciudad, me iré en un taxi.

Joseph negó con la cabeza.

—Sube. Te llevaré a casa.

A pesar de las protestas de Layla, Joseph fue inflexible. Dejó primero a su novia en su apartamento lujoso, soportando su rabieta en silencio, y luego se quedó a solas con Eliana.

—¿Cómo te llamas? —preguntó suavemente mientras conducía.

—Eliana.

—Joseph Sullivan. Un placer conocerte, aunque sea en estas circunstancias tan extrañas —sonrió con ternura—. ¿Tienes hambre?

Ella lo miró sorprendida.

—¿Me estás invitando a comer? ¿Y si soy peligrosa?

Joseph soltó una risa baja.

—Alguien que quería tirarse de un puente no suele ser una asesina en serie. Además, me muero de hambre. Te salvé la vida… lo menos que puedes hacer es acompañarme a comer una hamburguesa.

Eliana lo observó en silencio. No entendía por qué aceptaba, pero algo en él le impedía negarse. Tal vez era el vacío en su propia alma. O tal vez era esa extraña sensación de que, por primera vez en un año, alguien la miraba como si realmente la viera.

—¿Y tu novia? —preguntó en voz baja.

—Ella puede esperar —respondió Joseph, sin apartar la vista de la carretera—. Ahora mismo, tú eres más importante.

El coche avanzó por la ciudad iluminada, mientras dos almas rotas, unidas por un destino invisible, se dirigían a una cena que ninguno de los dos esperaba que cambiara sus vidas para siempre.

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