Capítulo 9. La primera grieta

Apenas amanecía cuando el despertador sonó con fuerza sobre la mesilla. Joseph abrió los ojos con esfuerzo y lo apagó de un manotazo.

—Uff… soy una m****a —murmuró, exhausto.

La falta de sueño le pesaba más de lo normal. Tras dar vueltas en la cama unos minutos, se levantó y se metió bajo una ducha fría. El agua recorrió su pecho robusto, deslizándose sobre la gruesa cicatriz que le recordaba cada día que estaba vivo gracias a un corazón prestado.

«Tuve suerte de sobrevivir… pero a veces desearía que ese donante nunca hubiera aparecido», pensó con amargura.

Envuelto solo en una toalla alrededor de la cintura, con el cabello húmedo y revuelto, tomó su teléfono. Sin pensarlo demasiado, buscó el número de Eliana y le escribió:

“No olvides que hoy empiezas como mi asistente. Llega temprano.”

Envió el mensaje y dejó el móvil sobre la cama. Mientras se vestía, su mente traicionera imaginó que eran las manos de Eliana las que recorrían su piel. Su cuerpo reaccionó al instante, tenso y ardiente. A pesar de haber estado con Layla la noche anterior, el deseo que sentía ahora era distinto: más profundo, más peligroso. Tuvo que volver al baño y abrir el agua fría de nuevo para calmarse.

«No. Ahora no», se ordenó a sí mismo. Pero ya era tarde. Esa mujer se estaba convirtiendo en una obsesión que no lograba entender.

Se puso uno de sus mejores trajes, se perfumó y bajó a la cocina. La casa aún olía a fiesta y abandono. Greis, la empleada doméstica, recogía en silencio.

—No deberías hacer eso sola, Greis.

La mujer se sobresaltó.

—Señor… si no lo hago yo, ¿quién?

Joseph suspiró.

—Menudo desastre. ¿Dónde está todo el mundo?

—Todos se fueron anoche. Sus padres al aeropuerto, y la señorita Layla… se fue con su hermano Samuel.

Un escalofrío extraño recorrió la espalda de Joseph, pero no dijo nada. Tomó una manzana, la devoró en dos bocados y se marchó a la oficina.

Mientras tanto, en casa de Eliana, el mismo mensaje la había dejado sin aliento.

—Hija, buenos días. Te traje café —dijo Gloria, asomándose a su habitación.

—Mamá… tengo buenas noticias —Eliana sonrió con timidez—. Conseguí trabajo. En Sullivan Pharmaceuticals. Como asistente ejecutiva.

Gloria se llevó las manos a la boca, emocionada.

—¿De verdad, mi amor?

Eliana bajó la mirada, avergonzada.

—Sí… pero no fue de la forma más honorable. Aun así, es una oportunidad real. Pronto podrás dejar esa cafetería, mamá. No quiero que sigas matándote trabajando.

Gloria la abrazó con fuerza, conteniendo las lágrimas.

—Te quiero más que a nada, hija. Solo quiero verte feliz de nuevo.

Eliana se preparó a toda prisa. Apenas tuvo tiempo de ducharse, vestirse con lo más decente que tenía y maquillarse ligeramente en el taxi. Llegó a Sullivan Pharmaceuticals con el corazón acelerado.

La recepcionista ya tenía sus datos. La acompañaron a una pequeña pero moderna oficina. Al encender el ordenador, una asistente virtual la guio en sus primeras tareas. Se concentró tanto que perdió la noción del tiempo.

En el piso superior, Joseph ya estaba de mal humor.

—Iris, ¿dónde está mi asistente? —gruñó por el altavoz—. Quiero el primer informe ahora.

Cuando el correo llegó, lo abrió con impaciencia. El informe era impecable… salvo por una coma que faltaba al final.

Furioso, volvió a llamar a Iris.

—Dile a la asistente que tiene dos minutos para estar en mi despacho o está despedida.

Eliana recibió la llamada de Iris, pálida.

—Tienes dos minutos para subir al despacho del CEO.

Corrió lo más rápido que pudo, pero llegó en ocho minutos. Entró con la respiración agitada.

—Buenos días, señor. Me mandó llamar…

Joseph, de espaldas a la puerta, mirando por la ventana, respondió con frialdad:

—Ocho minutos. Estás despedida.

Eliana sintió que el mundo se derrumbaba.

—¿Despedida? Llevo solo dos horas aquí… —su voz se quebró—. Mejor nunca me hubiera contratado.

Se giró para irse, con una lágrima rodando por su mejilla.

—¡Eliana, espera!

Joseph se volvió al reconocer su voz. Su expresión cambió por completo. La rabia desapareció, reemplazada por un profundo arrepentimiento.

—No sabía que eras tú… —murmuró, acercándose—. Perdóname.

Eliana lo miró con los ojos húmedos.

—Me escribiste esta mañana y ahora me quieres despedir por… ¿una coma?

Joseph se pasó una mano por la cara, avergonzado.

—Ayer fue mi cumpleaños. No fue un buen día. No dormí casi nada y… pagué mi frustración contigo. Lo siento.

Ella suavizó la mirada, aún dolida.

—Feliz cumpleaños atrasado, señor Sullivan.

Joseph sonrió apenas, con esa media sonrisa que le suavizaba el rostro.

—¿Cómo está tu rodilla?

—Mejor, gracias.

Se quedaron mirándose un segundo más de lo necesario. El aire entre ellos vibraba con algo que ninguno se atrevía a nombrar.

—Come conmigo al mediodía —dijo él de pronto—. Yo invito.

Eliana dudó, pero terminó asintiendo.

—Está bien.

Cuando salió del despacho y cerró la puerta, se apoyó contra la pared, respirando agitada. Ese hombre la desarmaba por completo.

Y en el interior del pecho de Joseph, un corazón que no le pertenecía latió con más fuerza, como si aprobara cada segundo que pasaba a su lado.

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