Capítulo 8. El peso de un corazón prestado
La presencia de Alejandro no era constante. En los momentos de soledad, Joseph volvía a ser el mismo hombre frío y distante de siempre. La ternura desaparecía, los recuerdos de Eliana se desvanecían como humo, y solo quedaba el vacío arrogante que lo había definido durante años.
Aquella noche, al llegar a su inmensa mansión en las afueras de la ciudad, todo estaba sumido en la oscuridad. Empujó la pesada puerta de caoba y, apenas encendió las luces, un coro de voces estalló a su alrededor:
—¡So