Mundo ficciónIniciar sesiónLa presencia de Alejandro no era constante. En los momentos de soledad, Joseph volvía a ser el mismo hombre frío y distante de siempre. La ternura desaparecía, los recuerdos de Eliana se desvanecían como humo, y solo quedaba el vacío arrogante que lo había definido durante años.
Aquella noche, al llegar a su inmensa mansión en las afueras de la ciudad, todo estaba sumido en la oscuridad. Empujó la pesada puerta de caoba y, apenas encendió las luces, un coro de voces estalló a su alrededor:
—¡Sorpresa!
Sus padres, su hermano adoptivo Samuel, Layla y algunos amigos lo esperaban con globos plateados y una enorme pancarta que decía “Feliz 30 cumpleaños”. Joseph había olvidado por completo que era su día. O quizá nunca le había importado.
Layla se acercó con una sonrisa radiante y lo besó apasionadamente delante de todos, como si la pelea de esa tarde nunca hubiera ocurrido. Joseph correspondió el beso por inercia y saludó al resto con una sonrisa educada pero vacía.
—Gracias, Layla. No esperaba esto —murmuró.
Su madre, Sofía, lo abrazó con fuerza.
—Mi niño… verte vivo y celebrando treinta años es el mejor regalo.
Su padre, Gerald, le dio una palmada en la espalda.
—Llegamos anoche desde Alemania solo para esto. Mañana regresamos.
Joseph respondió con ironía sutil que nadie pareció notar. Su familia siempre había resuelto todo con dinero, incluso su enfermedad. Nunca con presencia.
Samuel, su hermano adoptivo, se acercó con una sonrisa hipócrita.
—Hermano, feliz cumpleaños. Nunca pensé que llegarías a los treinta —dijo con una risa forzada que nadie secundó.
La fiesta continuó, pero Joseph se sentía fuera de lugar. Todos aquellos “amigos” solo regresaron después del trasplante, atraídos por el dinero y el estatus. No soportaba la falsedad. Apenas una hora después, se escabulló escaleras arriba sin decir nada.
Layla lo siguió.
—¿Qué te pasa, mi amor? Es tu fiesta.
—No pedí ninguna fiesta. Solo quiero descansar.
Ella le acarició la mejilla con dedos seductores.
—Déjame consentirte…
Lo tomó de la mano y lo llevó a la habitación principal. Cerró la puerta y, sin preámbulos, dejó caer su vestido al suelo. Solo quedó un delicado tanga negro que apenas cubría su cuerpo esbelto. Se giró lentamente y se colocó a cuatro patas sobre la cama, mirándolo por encima del hombro con deseo fingido.
Joseph se acercó, excitado por la vista, pero sin verdadera emoción. Le dio una fuerte palmada en las nalgas y ella soltó un gemido exagerado. No la besó. Apenas la acarició. Se desnudó, se colocó un preservativo y la penetró con fuerza, sujetándola por las caderas. Sus movimientos eran salvajes, egoístas, buscando solo su propio placer.
Layla gemía ruidosamente, fingiendo más de lo que sentía. A Joseph no le importaba. Para él, ella era solo un cuerpo deseable, no una mujer a la que amar.
De pronto, un escalofrío recorrió su espalda. Su corazón latió con violencia, fuera de ritmo. Por un segundo, sintió repulsión ante lo que estaba haciendo. Se detuvo un instante, desconcertado, pero el deseo físico ganó y continuó hasta derramarse dentro de ella con un gruñido gutural.
Layla fingió su propio orgasmo con un grito teatral.
Minutos después, Joseph se apartó y dijo con frialdad:
—Necesito descansar. Vete a otra habitación.
Layla, herida pero acostumbrada, se vistió en silencio y salió.
Solo en la enorme cama, Joseph se quedó mirando el techo. Por alguna razón inexplicable, pensó en Eliana. Se preguntó cómo sería besarla de verdad, tocarla con ternura, hacerla sentir adorada. La idea lo perturbó y lo excitó al mismo tiempo.
Sentado en una esquina de la habitación, invisible, Alejandro observaba con el alma rota. Ver a otro hombre usar su corazón de esa forma indiferente le dolía profundamente. Él había amado a Eliana con cada latido, besando cada centímetro de su piel, entregándose por completo.
Joseph se durmió casi al amanecer. Abajo, la fiesta continuó sin él.
Y en el silencio de la mansión, el corazón que una vez perteneció a Alejandro latió con una nostalgia que Joseph aún no podía comprender.







