38. Emociones
Ana se encogió de hombros. —No sé. No he sabido nada de él.
—¿No te ha llamado? ¿No te ha escrito? —Malena cambió de actitud, entrecerró los ojos, desconfiada.
—Nada ―el tono de desilusión fue más que notorio.
Malena soltó una carcajada. —¡Qué hombre! ¿Y tú, qué? ¿Lo esperas como agua de mayo?
Ana sintió que las mejillas se le encendían. —No sé qué esperar. Quizá sólo fue un… un encuentro casual.
—¡Ay, Ana! No te engañes. Se te nota a leguas que te tiene loca; y por lo que me contaste… bueno, é