Dormir esa noche fue una batalla perdida desde el principio. Por más que cerrara los ojos, por más que cambiara de posición o me enterrara bajo las sábanas como si eso pudiera silenciar mi cabeza, todo terminaba llevándome al mismo lugar: a él. A su voz, a su mirada, a la forma en que decía mi nombre como si no existiera nada más importante en el mundo.
Y lo peor no era recordarlo.
Lo peor era darme cuenta de que, después de todo, después del dolor, después de la desconfianza… seguía amándolo.