Ya no podía más.
No era miedo ni duda lo que sentía en ese momento, sino un cansancio profundo, de esos que se instalan en el pecho después de resistir demasiado, de huir, de intentar sostenerlo todo sola mientras el mundo se encarga de recordarte que no importa cuánto luches, hay fuerzas que no se detienen.
La abuela.
Las amenazas.
El trabajo perdido.
El miedo constante de que lo siguiente fuera mi padre.
Todo había llegado a un punto en el que seguir sola ya no era una opción.
Subí las escale