Pasaron cinco días, y cada día veía más deteriorada a Daniela. Parecía que no estuviera durmiendo bien porque sus ojos estaban ojerosos y su piel, muy pálida. Esta situación comenzaba a preocuparme, pero cada vez que intentaba hablar con ella, hacía todo lo posible para no quedarse a solas conmigo.
—Señor Mendoza, el señor Núñez está aquí.
—Hazlo pasar, Camila.
—Al fin tengo el placer de conocerlo, señor Mendoza —dijo estrechando mi mano.
—Lo mismo digo, señor Núñez. Bueno, creo que podemos ir