Luciana apretó su bolso contra el pecho mientras avanzaba hacia la entrada de su edificio, sintiendo la mirada de Scott clavada en ella como una daga.
Cuando estuvo a unos pasos, él se adelantó y la interceptó, cortándole el paso.
—Así que es cierto —escupió, con los ojos encendidos de furia—. Estás con él.
Luciana tragó saliva, sosteniéndole la mirada, aunque por dentro todo le temblaba.
—No tienes derecho a reclamarme nada, Scott —le soltó, la voz baja pero firme—. Tú tienes una amante.
Decía