Mientras tango
En el cuarto de arriba, Luciana estaba terminando de colocarse el vestido. Su silueta se dibujaba con elegancia en la tela blanca con encaje bordado a mano. Todo era hermoso. Perfecto. Irreal.
Justo entonces, escuchó un suave golpe en la puerta.
—¿Luciana? —dijo una voz masculina conocida.
—¿Diego?
Ella dio media vuelta y, al recibir el permiso, Diego Cruz entró. Vestía un traje oscuro perfectamente entallado y su sonrisa, esa que recordaba de la adolescencia, era la misma.