Dos días después, sin más remedio, Luciana y Dylan fueron arrastrados —literalmente— por los caprichos del incansable Joaquín Rivas hasta el rancho familiar. Pero lo que Dylan esperaba ver distaba mucho de lo que encontró al bajar del auto.
Nada de tierra seca, gallinas corriendo o peones gritando órdenes entre tractores oxidados. No. El rancho estaba transformado en un auténtico paraíso de revista de bodas de alta gama.
La entrada principal estaba cubierta por una alfombra blanca impecable