El ascensor subió lentamente hasta el último piso. Luciana se había quitado el abrigo, revelando su blusa blanca ajustada y su falda de lino. Dylan no decía mucho, pero su mano no se soltaba de la de ella. La tensión entre ambos se mantenía palpable, aunque ahora más cálida, menos caótica… como un fuego que arde lento, pero firme.
La puerta del penthouse se abrió, y Dylan la guió hacia el interior sin soltarla.
—¿Quieres algo de tomar? —preguntó mientras colgaba su saco.
—Solo agua, por aho