La mañana siguiente amaneció extrañamente tranquila.
Luciana aún dormía acurrucada en el pecho de Dylan, mientras él miraba el techo, incapaz de conciliar el sueño del todo.
El aroma a café recién hecho lo sacó de sus pensamientos.
Un crujido en la cocina.
Algo se movía.
Instintivamente, Dylan se incorporó de golpe y en ese impulso terminó cayéndose del sillón con un golpe sordo.
—¡Mierda! —masculló, frotándose el codo.
Luciana se despertó alarmada, parpadeando somnolienta.
—¿Qué pasa?