La mañana siguiente
Luciana se encontraba frente al espejo, alisando nerviosamente las arrugas inexistentes de su vestido.
Dylan, impecable como siempre, se acercó por detrás y apoyó una mano en su cintura. Su contacto le transmitió una seguridad silenciosa.
—Estás perfecta —le murmuró al oído, provocándole una sonrisa fugaz.
La invitación a almorzar había llegado formalmente esa misma mañana: una comida familiar en la mansión Richard, organizada "casualmente" tras la intromisión de Sarah.