Guille
Después de cenar, me levanté automáticamente y llevé los platos al fregadero.
Era algo que siempre hacía sin pensar. Pero antes de que pudiera abrir el grifo, sentí una mano suave interponiéndose en mi camino.
—Déjame a mí —dijo Gala, con una sonrisa.
—¿Segura? —pregunté, arqueando una ceja.
—Por supuesto. ¿Qué tan difícil puede ser?
Me aparté, curioso. La vi tomar la esponja con una seguridad un tanto frágil, abrir el agua demasiado fuerte y en cuestión de segundos el fregadero parecía