Gala
Salir del pueblo siempre me dejaba una sensación incómoda, como si estuviera desarmando algo que todavía no había terminado de construir.
Cerré la casa con el mismo cuidado con el que se cierran las conversaciones que no admiten preguntas: sin ruido y sin nostalgia visible. Revisé dos veces las ventanas y una tercera la puerta, no por duda, sino para asegurarme de que nada hubiera quedado abierto por dentro.
Juana se sentó adelante conmigo. Vicente iba atrás, en su silla, pateando el aire