Guillermo
Los centros comerciales se parecían demasiado entre sí como para sentir algo.
No importaba el país ni la ciudad: el mismo techo alto, las mismas luces blancas, el mismo ruido constante que no permitía pensar con claridad.
Me escapé solo, porque la verdad, ya no aguantaba a Marcela. Tenía tiempo antes de la próxima pelea y necesitaba algo que me distrajera, aunque fuera una falsa sensación. Café, gente alrededor, nada que exigiera decisiones.
Fue entonces cuando escuché la voz.
—¡Pap