Gala
Héctor llegó a la casa sin avisar, como hacía siempre. No tocó el timbre. Usó su llave y entró con una naturalidad irreconocible ya que apenas pisaba ese lugar.
Hacía meses que no dormía allí. A veces pasaba solo a buscar ropa, otras a dejar una presencia incómoda que duraba lo justo como para recordarme que seguía atado a mí por papeles y conveniencias, no por afecto.
Yo estaba en la cocina, preparando la cena para Juana. Escuché el sonido de la puerta y me sobresalté. Aunque ya había