Guille
Al amanecer ya estaba con los ojos abiertos, mirando el techo como si ahí estuviera escrita una estrategia para no desarmarme.
Desayunamos casi sin hablar. Gala sonreía con esa nueva timidez que la volvía todavía más hermosa, y cada vez que nuestras miradas se cruzaban a mí se me aflojaban hasta las manos.
A media mañana llegaron Julieta y Pedro con bolsas, risas y órdenes.
—Tú, fuera —me señaló Julieta con un dedo acusador que no aceptaba réplica—. Hoy la novia es mía. A vestirla, pei