Arrodillada frente a él, con el peso de la verdad sobre nuestros hombros, le conté todo. Cada palabra que había soltado el informante, Sandro, sobre el viaje de Ruggero a Milán, sobre la madre enferma y las deudas, sobre la historia envenenada de un padre que los abandonó. Le expliqué el calendario, los días posteriores al accidente, la manipulación calculada al milímetro para aprovechar su amnesia.
Luca me escuchó en un silencio absoluto. Su rostro, pálido y marcado por la fatiga del colapso,