La quietud de la habitación era frágil, un espejismo quebradizo después de la tormenta que había rugido en el interior de Luca. Él dormía por fin, un sueño pesado y ganado a pulso contra sus propios demonios. Su respiración, ahora profunda y regular, era un mantra que alejaba los ecos del animal que había despertado en él. Lo observé durante largos minutos, las líneas de tensión en su rostro suavizadas por el agotamiento, y una oleada de amor feroz y protector me inundó. Había contrapesado la f