La lluvia comenzó justo cuando el reloj marcó las once. No era una tormenta violenta, sino una llovizna constante, gris, persistente, de esa clase de climas que inspiran a la melancolía.
Estaba en el despacho, revisando documentos que Luca había dejado sobre el escritorio, cuando escuché el murmullo alterado de los guardias en la entrada. Uno de ellos irrumpió con paso rápido, empapado, respirando agitado.
—Señora Aria… hay alguien que insiste en ver al señor Moretti. Dice que es un asunto de