El despacho de Luca siempre había sido su santuario. Un espacio dominado por la madera oscura, el olor a cuero y whisky caro, las paredes tapizadas de libros y archivos meticulosamente ordenados. Durante semanas me había sentado en su sillón, firmado papeles, dado órdenes… pero hoy era diferente. Hoy, cuando cerré la puerta tras el último socio y quedé sola, sentí que la habitación me observaba a mí.
El eco de mi propia voz aún flotaba en el aire. Había terminado un acuerdo con los rusos, uno q