El sonido del monitor cardíaco se volvió tan familiar que ya lo confundía con mi propio pulso. Llevaba semanas en esa sala, viendo cómo su pecho subía y bajaba apenas con la ayuda de la máquina, sosteniendo su mano tibia entre las mías como si así pudiera recordarle el camino de vuelta a mí. Había rezado, llorado, gritado en silencio contra un Dios que nunca respondía… y aun así no me moví de su lado.
Cuando el movimiento llegó, fue casi imperceptible. Un leve temblor en sus párpados, un sonid